sábado, 5 de enero de 2008

Niño fantasma

Tan pronto llegué a la edad de catorce años, comencé a recibir por las

madrugadas una extraña visita. Las cortinas de mi cuarto (que aun tenían

dibujos de carritos, porque mi madre quería que fuera muy macho) se

levantaban como si fueran minifaldas de prostitutas, la puerta de mi alcoba

comenzaba a abrirse y cerrarse bruscamente, mi lámpara, fiel acompañante

en mis noches de lectura, empezaba a fallar, y yo como todo buen mexicano,

intentaba repararla. Al cabo de unos cuantos intentos fallidos, todos los

problemas que se habían presentado de manera constante y progresiva (por

que conforme trascurrían los días, los azotes de puerta, los apagones de

lámpara y el zangoloteo de las cortinas se hacia más intenso y atemorizante)

en mi habitación, llegué a la conclusión que debía llamar a un electricista.
Este, como era de esperarse, no detectó ningún error en el cableado de mi

casa, pero a la vez, encontró varios problemas (jamás comprendí sus

tecnicismos) mismos que lo motivaron a cobrarme un ojo de la cara,

dejándome en la ruina. Esa misma noche fui víctima de otro evento

paranormal.







La noche siguiente fue un poco más fría, las ventanas de mi alcoba

permanecían cerradas, me sentí preso, vulnerable a cualquier ataque del

interior, pero recobré mi confianza al recordar que estaba solo, en ese

instante creí que nada podría salir mal (el reloj marcaba las once en punto).

De repente mis ventanas se abrieron de par en par, las cortinas que mi madre

compró en mi infancia comenzaron a volar. Mi lámpara no respondía. Intenté

controlarme, pero mi instinto femenino me obligó a brincar sobre mi cama

(me sentí en una fiesta de pijamas) grité como una niña al ver a su Barbie

decapitada. Pedí auxilio, por la soledad en la que yo me encontraba, intuí que

nadie me ayudaría. Me equivoqué. Alguien tomó mi mano y al oído me

susurró, -Descuida amigo, estoy contigo- era el electricista.
Después de algunos meses de investigación acerca de eventos paranormales y

de haber tomado algunos cursos de electricidad (al grado de considerarme los

suficientemente capacitado para poder reparar mi lámpara) logré llegar a la

conclusión de que, los apagones, la movilidad de cortinas y los azotes de la

puerta, no eran más que la consecuencia de los terribles vientos de Santa -

Ana.

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